Tú. Yo

Todos decían que eras necesaria, pero para mí fuiste un estorbo. Un día te ataqué lleno de ira, a golpes de pico. Todo se desplomó sobre ambos.

Tú, cascotes; yo, desecho.

Comprendí que estábamos condenados a terminar juntos. Al menos, ya nunca volverás a arañar mi coche, columna de garaje.
Escrito por Ángel Saiz Mora

32 comentarios :

  1. Este dramático reto a muerte entre las omnipresentes columnas del garaje y nuestro más encolerizado yo incapaz de comprender cómo es posible que otra vez haya vuelto a mover de sus sitio justo para rayarme el coche recién pintado, tiene toda su gracia al extrapolarlo hasta las últimas consecuencias. No es un relato al uso ni mucho menos, sino que me parece que tu maestría busca retos donde sea posible estrechar los márgenes convencionales, asomarse al abismo de lo esperpéntico y rematar hábilmente, con un tema que compone y alecciona sobre las consecuencias de conducirnos por los impulsos de nuestra frustración personal.
    Las columnas de garaje están jalonadas a todo lo largo y ancho de nuestras vidas, en nuestros quehaceres cotidianos, en nuestra rutina común. Sortearlas sin coste adicional, supone mantener un equilibrio razonable y ecuánime, que no siempre es posible al albur del cariz que toman los asuntos y los intereses, para no hacer del problema y la circunstancia una cuestión de índole personal haciendo que las lágrimas nos impidan ver las estrellas.
    Siempre espero tu relato con ganas, Ángel, porque sé que no te conformas con vivir a la sombra de zona de confort narrativa. Los últimos relatos que te he leído, como este, creo que lo testimonian. Pero si no es así, y voy demasiado lejos en mis consideraciones, baste decir que me ha encantado tu propuesta de este mes. Esto y un fuerte abrazo.

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    1. El resentimiento hacia las columnas de garage es algo universal y muy humano, un mal de muchos con el que es difícil no solidarizarse. Aparte, como bien dices, se trata de una metáfora extrapolable a otras realidades y a todas las personas, sepan o no conducir un vehículo. Como bien apuntas, existen todo tipo de obstáculos, diferentes a los pilares de hormigón, que a veces no dan la cara, pero siempre están acechantes, esperando a que nos confiemos para propinar una estocada cuando menos se les espera y donde más daño pueden causar. Los duelos contra ellos, la forma en que soportamos sus embestidas, nos ponen a prueba; seguro que, también, nos hacen más fuertes, a no ser que perdamos toda paciencia y esperanza y, en un afán erróneo y autodestructivo, acabemos bajo los cascotes. Si todo transcurriese sobre una suave llanura nuestra existencia carecería del afán de superación necesario para sobrevivir y avanzar, seríamos otros, nos volveríamos igual de planos, además de vulnerables.
      Manuel, un comentario como el tuyo es para conservar y enmarcar. No sé si sabré transmitirte todo mi agradecimiento por tus amables palabras y por el tiempo que me dedicas. Hay cosas que no se pagan con nada. Si a ello unimos el regalo de tus relatos, la gratitud y la admiración se elevan aún más grados si cabe.
      Mil gracias, Manuel. Otro abrazo fuerte para ti

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  2. Ángel, después del pedazo de comentario que te ha hecho Manuel no sé qué decirte. Estoy de acuerdo con él en que se espera tu relato mensual y nunca defraudas. Ese narrar romántico, que da pie mientras se lee a una historia trágica, sufre un doble tirabuzón al final que cambia la perspectiva del relato.
    Qué bueno tenerte siempre por aquí, amigo.
    Un abrazo.
    Pablo

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    1. Manuel es mucho Manuel. Tú, Pablo, eres enorme también. 50 Palabras ha sabido reunir a plumas formidables, con letras hechas para el deleite y la reflexión; tras muchas de ellas late la humanidad de personas excepcionales a tener muy en cuenta, que deben se consideradas lo que son, un tesoro. Ni que decir tiene que tú eres, en buena parte, "culpable" de que yo escriba aquí y ahora estas palabras.
      Somos afortunados por tenerte.
      Muchas gracias, amigo Pablo
      Un abrazo

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  3. ¡Pobre coche!
    Y esas columnas sin volutas, sin ningún adorno hay que contemplarlas con todos los ojos, y no por su belleza. Lo mismo también sufren de tanto "rasquijón" ellas o no. Desde luego no hay una que deje indemne a los coches que las tienen que esquivar...
    Muy bueno, imaginación y originalidad, siempre.
    Besicos, Ángel.

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    1. Esas columnas cumplen su función, la prueba es que el protagonista, al eliminarla, se le ha venido el techo encima. Ya que la convivencia con ellas parece obligada, quizá, si estuviesen un poco más adornadas, acabaríamos cogiéndoles cariño, aunque de vez en cuando tuviéramos nuestros roces.
      Muchas gracias, Carmen
      Besos

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  4. Ángel, genial relato. Durante la lectura del mismo pensaba que era una historia de maltrato, pero ese giro final en el último párrafo y la aparición de la palabra "columna" da un sentido inesperado a la historia, incluso hace esbozar una sonrisa. Me parece un gran relato Ángel.
    En cuanto de que habla, todos tenemos una columna en el garaje a la que odiamos. Yo una en especial, nos odiamos mutuamente, pero de momento las rayas las hace ella sobre mi coche.
    Muy bueno, me ha gustado mucho.
    Un abrazo enorme, Ángel.

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    1. No se puede negar que hay maltrato en este relato, un daño mutuo, venganza y, quizá, de forma velada, una difícil relación inconsciente de amor-odio. Son necesarias, pero también implacables y traicioneras como ellas solas.
      Me alegro de que te guste, Javier.
      Ahí va un abrazo de los grandes

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  5. Me llamó mucho la atención el título, pero cuando leí las 50 plabras de tu relato quedé sin plabras, cómo me gustó!!! Pero tambiém, como dice Pablo, qué puedo comentar??? Simplemente: BUENO.
    Saludos.

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    1. Ese adjetivo final en letras mayúsculas es más que suficiente para mí y, no creas, me supera un poco.
      Te lo agradezco mucho.
      Gracias otra vez y saludos, Omar

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  6. Hay que tener una gran imaginación para hacer microcuentos o cuentos en los que los personajes sean objetos inanimados, que recuerde ahora, Kafka lo hace en algunos de sus relatos.
    Tu historia me ha recordado un anuncio en el que aparecía un tipo disfrazado de columna o de pilar que amenazaba a los automóviles, creo que iba de seguros de coche. No estoy muy puesto sobre el tema porque no tengo ni carnet de conducir, las dos veces que estuve a punto de sacármelo se me cruzaron otros asuntos más importantes, y a partir de cierto momento me dio una pereza enorme, así que en ese sentido soy un bicho raro.
    Pero vayamos a tu microcuento en el que estableces una relación entre el individuo y un objeto, y, al menos en el título, los dos están en igualdad de condiciones. Así, con ello ya llamas la atención que establecemos con las cosas inanimadas que pueblan nuestras vidas, cada vez más, por cierto, y hasta está ahí la amenaza de que ciertos robots lleguen a sustituir muchas de las funciones que antes hacían las personas.
    Esa ira hacia la columna me ha hecho reír porque a veces es la que a mí me entra hacia el ordenador, y más de una vez se ha salvado el puñetero aparato de que me liase a golpes con él con un mazo. Circunstancias como esa examinan nuestra paciencia y, en mi caso, hay veces que saco un suspenso.
    Por tanto, comprendo perfectamente a tu personaje por ese ataque de ira que le ha llevado a reducir la columna a cascotes y, de paso, hago un ejercicio de reflexión para comprender que los culpables de muchas de las cosas que nos ocurren somos nosotros mismos.
    Por suerte, a tu personaje no le ha ocurrido como a Sansón que pereció al derrumbar el templo de los filisteos, ahora, eso sí, ha hecho un estropicio que le va a costar un pastón. Creo que en la comunidad de vecinos tendrán que llamarle al orden.
    Genial parábola sobre la que meditar. Un abrazo, Ángel.

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    1. Como bien dices, Enrique, hay objetos que forman parte integrante de nuestra vida, de cuya presencia no sabríamos prescindir, al tiempo que establecemos, de forma inconsciente, una relación casi íntima con ellos. Si nos ponemos a pensar enseguida nos vendría a la cabeza el móvil, pero hay muchos otros otros artilugios cotidianos e indispensables, como el microondas o la lavadora. Con la mayoría tenemos una interacción positiva, con otros no tanto, como a ti te ocurre con el ordenador y al protagonista con la dichosa columna, a la que llega a odiar hasta el extremo de destruirla sin pensar en las consecuencias. Algo tan rotundo y a la vez tan simple como una pilastra en un garaje, puede ser visto como un enemigo molesto, cuando en realidad esa ira está dirigida a un actor erróneo; en este caso concreto, la falta de atención o la torpeza han sido las desencadenantes de lo que le sucede. Aquí podríamos hablar de esa costumbre de echar las culpas a los demás de nuestros propios errores.
      En la película "2001, una odisea en el espacio", se muestra a las claras que una de las claves de la evolución es el uso de utensilios o herramientas; bienvenido sea entonces todo lo que hemos inventado para hacernos la vida más fácil y completa, columnas de garaje incluidas, que sujetan el techo.
      De verdad que es un placer leerte, Enrique.
      Muchas gracias y un abrazo fuerte

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  7. Tu relato tiene la habilidad de poner el foco en la facilidad con que somos presos de la ira. Lo original de tu planteamiento es que el protagonista la descargue en un objeto, la columna del garaje, por muy molesta que sea. Nos enfadamos con nosotros mismos y expresamos nuestra rabia contra los objetos que se nos rebelan -así preferimos creerlo-, la sartén que se pega, la pantalla que se congela, la columna que nos espera para rayarnos el coche. Aquí el iracundo conductor lo ha convertido en un duelo al que se enfrenta con un pico. No ha previsto las consecuencias, ni el estado en que quedará él mismo ni la reparación del garaje.
    Original, divertido y simbólico micro, Ángel. Un placer leerte y un abrazo enorme.

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    1. Has llegado a una de las claves principales de este relato. No sabemos perder ni aprender de los errores, para hacerlo, primero tendríamos que reconocerlos, pero somos egocéntricos, a veces también, demasiado viscerales. En lugar de hacer propósito de tener más cuidado la próxima vez, el protagonista prefiere ejecutar una venganza ciega y sin sentido que no solo no arregla nada, sino que complica aún más su vida y de qué forman.
      Con comentarios como el tuyo y el de tantos amigos es impensable no seguir escribiendo.
      Muchas gracias y otro abrazo grande para ti, Carmen

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  8. Genial, Ángel. Sabes que este tipo de ficción me encantan, pues casi siempre se establece un sutil paralelismo "objetos-personas" que hace grande y contribuye a crear lo sorprendente del relato. Además del evidente toque humorístico, te hace llegar más allá y preguntarnos, en este caso, sobre la importancia y efectos de nuestra ira. Yo llego a la conclusión de que, a veces, somos necios por nuestra propia culpa.
    "Mancantao" dos fuertes abrazacos, amigo Ángel.

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    1. La ira, ese sentimiento tan humano y peligroso cuando se emplea mal, que es casi siempre, sale a relucir con suma facilidad cuando hay vehículos de por medio, vaya usted a saber la razón. De la ira podemos y hasta debemos prescindir, pero el humor, que es sin duda una muestra de inteligencia, que no falte nunca, Isidro, aunque de eso sabes tú más que nadie.
      Muchas gracias, artista. Dos abrazacos fuertes, amigo

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  9. Me sorprende, cada día más, la capacidad que tienes para "colarnos" historias tan imaginativas con inesperado final.
    Mi enhorabuena y un cordial saludo, Ángel.

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    1. No deja de ser un argumento extraído de la vida misma, aunque llevado al extremo, para intentar que tenga un cierto interés. Tú sabes bien, María Jesús, que a los que nos gusta este negocio de la escritura, miramos la realidad con una atención diferente a como lo hace la mayoría de la gente, de ahí que veamos otras cosas, aun a riesgo de que nos llamen raritos.
      Muchas gracias y mi saludo más cordial para ti, María Jesús

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  10. ¡Esa bendita columna que a algunos nos molesta! Yo, particularmente, he sido víctima de ella. Con tu relato juega muy bien con el lector, haces creer que es una historia sobre el maltrato intrafamiliar; pero nos desvia del camino con esa excelente vuelta de tuerca. Muy bueno, Ángel.
    Saludos.

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    1. No debo generalizar, porque no todo el mundo puede decir que ha tenido ocasión de estacionar un vehículo en un aparcamiento subterráneo, pero entre los que si hemos pasado por ello sería una excepción no haber tenido algún encontronazo con esas moles que nunca dan un paso atrás.
      Me alegro de que te guste, Beto. Valga como un pequeño homenaje a ese sufrimiento colectivo y universal.
      Saludos

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  11. Excelente micro, Ángel. Me gustaría ser capaz de firmar el estupendo comentario de Manuel. A falta de eso, te diré que yo con mi columna me llevo bastante bien. No tenemos roces, trato de no lastimarla. Me dan pena sus heridas de combate con la antigua propietaria de mi lugar del garaje.
    Saludos.

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    1. A mí también me gustaría ser Manuel para escribir un comentarios tan brillantes como los suyos. De la misma manera, reconozco que me gustaría tener tu habilidad, pues eres de los pocos que no tienen que lamentar roces con una columna; no solo eso, además te llevas bien con ella y hasta te inspiran lástima sus heridas. Son unos rasgos admirables y poco corrientes, créeme.
      Muchas gracias, Georges. Saludos

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  12. Ångel, has sabido despistarnos con tu maestría hasta el final, en el que nos descubres la identidad de tu protagonista. ¡Malditas columnas, que practican la resistencia pasiva!
    Buen micro.
    Besos apretados.

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    1. Es una resistencia pasiva, pero del todo efectiva, pues antes o después cumplen su objetivo de sacarnos de quicio. Esperan que nos confiemos, nos hacen creer que somos invulnerables. Entonces, solo entonces, actúan. Ellas son así.
      Muchas gracias, Pilar. Besos

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  13. La columna de garaje, erigida como moderna espada de Damocles, permanece al acecho del más mínimo descuido para afear la extensión de nuestro más estimado yo social: su majestad el coche. Con una entretenida incursión en nuestra relación con lo inanimado, caricaturizas hasta qué punto somos capaces de echar la culpa al entorno, de lo que nosotros somos los únicos responsables.
    Tu relato tiene el aroma de las fábulas, Ángel. Me ha encantado.
    Un abrazo, maestro.

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    1. El vehículo propio, en muchas ocasiones, es algo más que un medio de transporte privado, lleva asociado un estatus social, se convierte en una extensión de nosotros mismos, además de ser un ingenio que nos transforma. Que su piel metálica se vea dañada, por desgracia, no duele menos que una herida auténtica, nos hemos vuelto así de superficiales. Por otro lado, no reconocer los propios errores significa no querer aprender de ellos, o lo que es lo mismo, el estancamiento. El protagonista es un caso perdido pues incurre en ambos dislates y los lleva al extremo.
      Me alegra (y no me extraña nada) que hayas encontrado algo más que un episodio bastante habitual, aunque también exagerado, con la pequeña fábula que lleva implícita
      Tus comentarios merecerían ser recogidos y publicados por el valor que tienen.
      Muchas gracias y un abrazo grande, Antonio

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  14. Has conseguido engañarnos muy hábilmente al dibujarnos un panorama muy negro que olía a tragedia, para acabar encontrándonos con una columna de garaje. Me he sentido muy identificada, ya que nosotros las sufrimos también diariamente. Muy lograda esa "chocante" sorpresa final. Un abrazo, Ángel.

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    1. Un poco trágico si que ha sido, aunque no tanto ni tan grave como podía parecer en un principio. Mientras los daños solo sean materiales, o el único perjudicado sea el propio causante del desplome, la cosa no es tan grave. Me alegro de que el relato, al margen de que el protagonista lleve las cosas al extremo, incite a una cierta solidaridad, es difícil no identificarse un poco con el personaje.
      Muchas gracias por tu lectura y tus palabras, Juana
      Un abrazo

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  15. A todos los problemas tienen solución. ¿Quién se atreve a decir lo contrario? Podrías haber dejado un coche en un descampado.
    Excelente micro. Saludos, Ángel

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    1. Pues si, fíjate que sencillo. Con lo caras que son las plazas de garaje. Dos rayas estrechas en el suelo bajo techo preservan al vehículo de los elementos, no lo vamos a negar, pero también le dejan la chapa hecha una pena, es cuestión de tiempo, sin contar la tensión psicológica que supone para el usuario tener que lidiar con un espacio malévolo, lleno de trampas.
      Muchas gracias, Plácido. Saludos

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  16. Buen micro Angel, fíjate que del humor que desprende se me han saltado hasta las lágrimas. ¿Quién le mandaría aparcar en ese lugar, habíendo aparcamientos en la calle, donde las multas se cuelan por laa ventanillas y la doble fila y las cargas y descargas, que ocupan gran parte de la calle y no dejan donde aparcar. El mundo del coche tiene posibilidades infinitas y tú has sabido buscar una muy buena para tu relato. Abrazos.

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    1. Los coches se han convertido en un problema, o su número es demasiado elevado o el espacio exiguo, o ambas cosas. Si duerme en la calle hay todo tipo de amenazas que lo acechan, pero si lo hace bajo techo sucede lo mismo. Ya que no parece haber mucha solución, al menos podemos escribir sobre ello y hasta tomarlo con humor.
      Gracias, Carmen. Abrazos

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