Echar el cierre

Cuando llego del colegio, siempre me obligas a despachar. No volveré a obedecerte. Odio este lugar, el negocio y a todos los pueblerinos. Yo todavía soy muy pequeña, mami. Tengo ganas de volar libre y ser feliz.

Don Manuel dice que el cielo es maravilloso. Allí podré, al fin, jugar.
Escrito por María José Viz Blanco

8 comentarios :

  1. Hola, María José. Con aparente "sencillez", has escrito un texto, al que en su esencia yo veo como de "otro tiempo" pero que me da que sigue produciéndose. Nos muestras a una niña, casi como cualquiera de nosotros, que no está a gusto con la realidad que le ha tocado vivir pero que, por desgracia, parece haber decidido romper con ese destino de un modo irreversible. Al menos, en su mente, cree que, de ese modo, podrá "recuperar" la niñez que las circunstancias parecen haberle negado. El título que le has puesto a tu relato me parece perfecto. Suerte y un beso, María José.

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  2. Muchas gracias, Jesús. He pretendido reflejar una realidad demasiado frecuente, la de niños desempeñando tareas propias de adultos y que roban al niño lo que debería ocupar su infancia: jugar.
    Besos.

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  3. Terrible manera de evadirse de la realidad. Seguramente habrá niños a los que les supere la vida que llevan. La infancia hay que disfrutarla, pero no siempre es posible. Un beso.

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    1. Cierto, Maite, a veces no es posible vivir la infancia que, por naturaleza, todos los niños deberían experimentar. Es triste, pero real.
      Otro beso enorme para ti.

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  4. Una niña a la que le arrebatan el tiempo de la ilusión y la imaginación. Y en su inocencia, quiere volar al cielo en busca de la añorada felicidad. Duro y muy triste, gran relato, María José. Un abrazo.

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    1. Ciertamente es un relato duro, pero refleja una realidad que, desgraciadamente, viven muchos niños y niñas en el mundo. El cortar las alas de la inocencia me parece tristísimo e injusto.
      Otro abrazo grande para ti, Salvador.

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  5. Enrique Angulo14/5/18 0:22

    Robarle a un niño la infancia es una infamia, pero en este mundo se han llevado a la práctica toda clase de infamias y de crímenes, incluso contra los niños.
    De hecho, no estallaría ni una sola guerra si quienes las declaran tuviesen la más mínima de las empatías ante la infancia, pues se horrorizarían al pensar en los atroces sufrimientos que van a provocar en esos seres inocentes que son los niños, los únicos seres inocentes según Iván Karamazov, el personaje de Dostoievski.
    Antes que hacer daño a un niño, cederían en lo que hubiese que ceder y llegarían a los acuerdos que hubiese que llegar, pues que un solo niño muera en una guerra es una monstruosidad que, a mi entender, nos descalifica como especie.
    En tu microcuento hay una niña a la que su madre le obliga a trabajar, no en las condiciones en las que se les hacía trabajar a los niños en los inicios de la Revolución Industrial, que eran absolutamente denigrantes y criminales, pero sí de una forma que le está robando un tiempo precioso que ella necesita para su desarrollo personal, siendo que gran parte del mismo tiene que producirse en sus juegos y sus fantasías, y eso resulta más injusto al ser su propia madre la que no comprende las necesidades de su hija pequeña y sólo piensa en hacerla trabajar en la tienda.
    El microcuento termina con una frase inquietante, que, si la ha oído la madre, debería hacer que se le cayese la venda de los ojos; pues, supongo que Don Manuel es el cura que le ha hablado a la niña de ese cielo donde, según sus creencias, todos seremos felices eternamente, y para una niña la felicidad supone tener todo su tiempo para jugar. Así que esperemos que a su tierna edad no se le haya pasado alguna idea trágica por la cabeza.
    Muy buen microcuento sobre la responsabilidad que supone ser padres y la inteligencia que requiere para intentar darles lo mejor a esos seres que inician su andadura por el azaroso camino de la vida.
    Un abrazo, María José.

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  6. Como siempre, querido Enrique, has hecho una interpretación magistral de la esencia, en este caso, de Echar el cierre. Has visto muy bien que Don Manuel es un cura de pueblo. Y la niña protagonista se agarra como a un hierro ardiente a sus palabras. Sé que es muy triste mi relato pero refleja una realidad y, por ello, consideré que era bueno mostrarla.
    Otro gran abrazo para ti y gracias.

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