Filósofo

Contempla las falsas miradas, siniestras siluetas, oscuras delgadeces. Miserables. Prisas. Socavones como bocados de monstruos, fachadas llenas de desperfectos. Coches que muerden. La desalentadora sinrazón de la urbe. Se quita las gafas y las tira a una papelera. Esta realidad, vista con dioptrías sin corregir, le resulta mucho más tolerable.
Escrito por Eduardo Martín Zurita

28 comentarios :

  1. Qué buena definición de la realidad que nos circunda a través de la mirada reflexiva y crítica del filósofo: la falsedad, lo siniestro, lo monstruoso, la violencia... ¿Necesitamos cegarnos un poco para sobrevivir en entre tanta sinrazón?
    Tu micro es lúcido y amargo, Eduardo. Y sí. Dan ganas de tirar las gafas, pero tenemos otros recursos -que tú conoces muy bien-, la lectura y la escritura de micros tan agudos e incisivos como el que nos propones este mes.
    Mi enhorabuena y un fuerte abrazo.

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    1. Eduardo Martín Zurita17/7/18 13:40

      Gracias por tu enhorabuena, Carmen, y por tu comentario. Siempre quedan recursos, sí: es lo bueno de lo malo. Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea. La urbe que nos realiza y nos horroriza también. Hay que ver todo lo que tiene que ver, tolerándolo, un urbanita. La disimulatio, tolerar un mal para que no se convierta en mayor. Algo muy similar a la táctica que utiliza el filósofo.
      Un beso bien grande y feliz verano, amiga.

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  2. Maria Galerna17/7/18 11:13

    Perfecto. Muchas veces le he hecho. Se atenúan los defectos jejeje, hasta los propios.
    Un micro que define la urbe y lo que pensamos de una manera genial.
    Un besibrazo, mi querido Eduardo.

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    1. Eduardo Martín Zurita17/7/18 13:57

      Yo también lo hago. Ya sabes, ojos que no ven. Los urbanitas sufrimos de lo lindo, todo tipo de agrasiones: visuales, acústicas... Y si estamos excedidos de peso es porque lo que no mata engorda, ya te digo.
      Otro besibrazo (cómo mola) para ti y feliz verano, amiga.

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    2. Eduardo Martín Zurita17/7/18 14:06

      Gracias por tu comentario en términos tan elogiosos, María, que se me había olvidado decírtelo, cachis.

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  3. Me ha recordado a mi abuela que cuando yo le preguntaba que por qué se quitaba el "sonotone", me respondía, "¡Para lo que hay que oir!
    A veces creo que llevaba mucha razón.
    Elemental para el filósofo el poder ver la realidad desde diferentes puntos de vista y, por qué no, con diferentes colores del cristal y distintas graduaciones. Al menos, será más divertido.
    Gran relato, amigo Edu. Mi más sincero abrazo.

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    1. Eduardo Martín Zurita17/7/18 14:03

      Era muy inteligente tu abuela, muy filósofa, con su proceder. Claro que todo es del color del cristal conque se mira. Y que no falte la diversión, sea como fuere. Las diferentes, y aun opuestas perspectivas, resultan enriquecedoras, para un filósofo ni te cuento o para un artista a manera de espejos distorsionantes como los del callejón del Gato madrileño.
      Gracias por tu comentario y elogio. Un abrazo bien grande y feliz verano, amigo.

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  4. Nos deleitas con un micro donde la diferente visión de la realidad se apoya en unas dioptrías de más o de menos. A veces viene bien quitarse las gafas y dejar que la vida fluya, aunque la veamos con todas sus imperfecciones. Abrazos, Eduardo.

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    1. Eduardo Martín Zurita17/7/18 14:14

      Las amenas erratas de la vida, a las que se refiere el poeta José mManuel Caballero Bonald. Soportar estoicamente los defectos y, si no se puede, atemperarlos, como hace este filósofo. Manejar de alguna manera la realidad nos da conocimiento, versatilidad.
      Gracias por tu comentario. Un abrazo bien grande y feliz verano, amigo.

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  5. Qué iluso tu prota!. Piensa que las gafas son las culpables y que desprendiéndose de ellas se arreglan los problemas de la ciudad. Así lo único que conseguirá es no ver el socavón más próximo y caer de bruces en él. Ley de Murphy al desnudo.
    Estupendas imágenes para mostrarnos el caos de la urbe.
    Saludos cordiales, Eduardo.

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    1. Eduardo Martín Zurita18/7/18 12:48

      Iluso, qué maravilloso vocablo: de illusus: engañado. Las gafas, pobrecillas, ten inocentes, tan apañadas, qué pueden arreglar; lo de la ciudad, ni mil y un ayuntamientos. El protagonista es carne de socavón seguro. Y le va a resultar aplicable la Ley de Murphy sí o también. La urbe es un caos magnífico. Este hombre, a falta de poder tansformar la realidad, tiene que conformarse con desfigurarla, con atenuarla, quitándole mordiente. Pero... y si rescata las gafas de la papelera, se las pone y da esquinazo al socavón...
      Gracias, María Jesús por tu comentario elogioso (y muy fatídico), un beso grande y un verano la mar de estupendo.

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  6. El simbolismo que encierra el gesto de tirar las gafas que nos permiten ver el exterior, abre la puerta, indudablemente, a acariciar las menudencias del mundo interior, esas que por pequeñas, próximas, conocidas, íntimas, no necesitan código de barra para identificarse ni óptica de precisión para visualizarlas. Lo próximo se manifiesta por la caricia, por el pálpito, por la intuición, por los afectos. El ensordecedor y agresivo exterior se borra cuando la campana del espíritu llama a las cosas por el nombre de su esencia y el aire contaminado entonces, vuelve a oler a pan o a flores, el tiempo de la prisa se adecúa al paso tranquilo del que piensa, siente o reflexiona y la vida abre sus cajones de escritorio y se dedica a poner el acento sobre aquello que verdaderamente merece el crédito de nuestra atención.
    También nos alcanza tu relato, querido Eduardo, para empatizar con aquellos que vivís en las grandes urbes. ¡Qué enormes son para mí! Me encanta visitarlas alguna vez y volverme a casa lejos de ellas! Me fascinan y me aturden. Me parecen tan inapropiadas como tener un elefante como animal de compañía en un apartamento. Excesivas, ruidosas, agresivas... lo mismo lo mismo que la vida que se vive sin vivir a lomos del estrés que propicia el consumo del tener.
    En cuanto a lo narración, me parece soberbia, tan fiel a tu estilo. Las imágenes desfilan con el ritmo denso de lo que nos es costoso, con la gravedad de aquello que nos lastra. El surco que nos frena lo abrimos con la pesada ancla de la realidad cansina que arrastramos.Hay cansancio existencial en la actitud del filósofo, pero también determinación en que es posible encontrar senda propia a nuestros pasos, dejando atrás el mundo gastado de la circunstancia.
    Para que no se le olvide a tu filósofo, quiero recordarle los versos de Kavafis:


    Cuando emprendas tu viaje a Itaca
    pide que el camino sea largo,
    lleno de aventuras, lleno de experiencias.
    No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
    ni al colérico Poseidón,
    seres tales jamás hallarás en tu camino,
    si tu pensar es elevado, si selecta
    es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
    Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
    ni al salvaje Poseidón encontrarás,
    si no los llevas dentro de tu alma,
    si no los yergue tu alma ante ti.
    Pide que el camino sea largo.
    Que muchas sean las mañanas de verano
    en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
    a puertos nunca vistos antes.

    Eduardo querido, eres patrimonio en flor de Cincuenta. Nos cala el agua de verdad de tu palabra y nos alienta el calibre descomunal de tu persona.
    Un abrazo grande te va volando, te lleva viento fresco de verano desde las laderas arboladas del Jaizkibel.

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    1. Eduardo Martín Zurita18/7/18 13:46

      Queridísimo Manuel, mi Manuel Bocanegra, monarca de 50 palabras, no digo que merece la pena escribir para ser receptor de un comentario como el tuyo, voy más lejos, merece la pena haber nacido. Vaya hermosura de palabras encadenadas. El texto te ha dado pie a ir más lejos, o más hondo, amigo, por mejor decir. La realidad se nos impone, tantas veces con sus extensiones de malicia e infamia. La introspección es siempre sanadora, salvadora. Ese entrar en uno mismo, como dice el poeta Antonio Gamoneda. La ciudad, un invento moderno, pese a aquello de las polis, es una colección de desafueros, una invasión tóxica de ruídos y de olores tirando a nauseabundos. Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea, ya lo columbró el eximio Lope de Vega, y antes Horacio y Virgilio y no digamos San Juan de la Cruz y los místicos. Cuando la realidad se presenta nefanda, el viaje interior se impone. Esa búsqueda en uno de los demás, de todo. La realidad no es lo que hay sino lo que llevamos dentro. La realidad es en realidad, más que lo que hay, lo que nosotros vemos. Imponentes los versos de Kavafis, el descomunal poeta griego, merecidísimamente premio Nobel de Literatura. Y buen tino el tuyo al traerlos a colación. Cuánta verdad encierran: lo exterior también está en uno, dentro de su alma. O, en todo caso, fundiéndose, lo interno y lo de fuera, en mezcolanza fructífera. Pero eso acontece lejos de la ciudad. Es raro en la ciudad. La ciudad se revela menos propicia a ese tipo de logros despampanantes, cautivadores, cimeros: lo nunca visto de Kavafis. Esa visión pasmada como ante el número más mágico de un circo. Aunque al cabo todo queda en las maletas de la memoria. Se me han ocurrido, sobre la marcha, estos versitos:

      Nada hay de mí
      que no sea vuestro.
      Nada hay real
      que sueño no fuera.
      Nada hay de un viaje
      más que las maletas.
      Espero que del tuyo siempre obtengas catarata de gratas novedades. Maletas llenas. Del de ahora mismo, desde las laderas del Jaizkibel, qué sana envidia, ese monte, esos acantilados gipuzcoanos. Te vas a ir de allí con una buena ristra de acuarelas en tu mente y en tu corazón, qué bueno.
      Acepto de buen grado ese viento fresco de verano, pues que en Madrid se van notando los caniculares rigores.
      Que disfrutéis de un verano largo y fructífero. Un abrazo, queridísimo, volandero hasta esos páramos tan fascinantes.

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  7. Estoy muy obtusa, solo veo socavones. Tendré que cambiar las gafas.
    Otro abrazo para ti, Manuel

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    1. María Jesús, un abrazo.

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    2. Eduardo Martín Zurita18/7/18 14:07

      Las "lupas" nuevas te quedarán de maravilla, seguro. Cuidadín con los socavones. El mar también tiene socavones, y los ríos, jo, qué lata de socavones. Yo empiezo a verlos también por mi casa. Es un horror, son una plaga.

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  8. Carmelo Carrascal17/7/18 17:34

    Eduardo, me ha gustado esa lección que lanzas sobre los "peligros" de ver en la vida demasiado.
    Tu relato invita a pasa de ver a mirar,sí, un tanto filosófico en consonancia con el título.

    Habría que ensayar a ver nada más que lo que se puede digerir y que no deshumaniza. No digo lo que no se apruebe o no se entienda.

    Es ley de supervivencia. Además, al final, nadie ve lo que no desea, sabe o quiere ver; la evidencia es un constructo de libro.
    Es cuestión de dosis y matices, supongo. Toda la realidad es mucha realidad.¿no?

    Un fuerte abrazo.

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    1. Eduardo Martín Zurita18/7/18 14:20

      Sí, Carmelo; no conviene tener demasiada buena vista a veces, muchas quizá. ¿La realidad es lo que hay o lo que queremos ver?
      Demasiadas dosis de realidad cansan al más pintado. Y en definitiva la vida es sueño, ya nos lo señaló el bueno de Calderón de la Barca, don Pedro.
      Lo que ocurre, por otra parte, es que cerrar los ojos a lo que ocurre suele acarrear nefastas consecuencias: esos socavones ahí, por ejemplo, los socavones de María Jesús Briones, discupa la rimita.
      Es cuestión de dosis, estoy de acuerdo contigo, Carmelo, amigo, como en todo. Lo poco guata y lo mucho cansa, ya sabes.
      Gracias por tu comentario, un abrazo grande y un verano de lo más feliz y a ser posible fresquito.

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  9. Llegar, tras unas horas publicado, a un relato como el tuyo, tiene como efecto que, pese a encontrarnos en pleno mes de julio y cumplirse eso de estar "a medio gas", uno se encuentra con una feliz avalancha de grandes comentarios. No es para menos. A ti tampoco parece haberte afectado el calor de forma negativa, pues en este texto, aparte de la originalidad, que ya sería por sí sola un factor a tener en cuenta y una garantía de calidad, se deja ver a las claras ese torrente de inquietud intelectual que forma parte de tu naturaleza y que tenemos la suerte de disfrutar quienes te conocemos, en tus letras y en persona. Azorín, en su novela "La voluntad", viene a concluir que la filosofía enseña que poco puede hacerse ante el devenir de la vida y de la muerte. Así las cosas, tu filósofo, impotente para cambiar una realidad que más se asemeja a un infierno, decide prestarle la atención justa para dedicarse más, posiblemente, a su exploración interior, ahí siempre encontrará material interesante.
    Lenguaje preciso, brillante en sus descripciones sin necesidad de alharacas, con un mensaje que llega, en el que late, sin duda, la verdadera sabiduría.
    Un abrazo fuerte, Eduardo y, lo dicho, a disfrutar del verano, aunque cuando llegue el otoño nos desearemos lo mismo, que no nos abandone la filosofía de disfrutar siempre.

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    1. Eduardo Martín Zurita18/7/18 14:54

      Ángel, mi buen Ángel Saiz.
      Bien traído el señor de las comas, como denomino a Azorín. Ya los estoicos preconizaban algo parecido:"poco puede hacerse ante el devenir de la vida y de la muerte", por eso hay que permanecer hieráticos, impasibles ante los imponderables de la vida, y no digamos de la muerte. Algo cercano a la resignación, algo muy parecido. A la tolerancia, a soportar un mal para evitar otro mayor, tener dos sin ir más lejos, el real y el sobrepuesto al real.
      En un poema escribía sobre que había que desenvainar la mirada para conseguir un montón de cosas buenas. Pero a veces conviene envainar la mirada o a medias o tres cuartas partes para no ver según qué cosas o atemperar el impacto de otras sobre nuestra sensibilidad.
      La actitud del protagonista del texto no es ni buena ni mala, es una postura ante la vida en un momento determinado.
      La del hombre del microrrelato no me cabe duda de que le va a conducir al viaje interior, a ese donde no hacen falta maletas y donde se pueden ver todo tipo de paisajes. A los mundos de la imaginación y la fantasía, por ejemplo. Al paladar dulce de lo ya acontecido.
      Gracia, amigo, por tu comentario tan elogioso, no puedes imaginar la satisfacción que me produce y actúa como un lubricante para mis ganas de escribir.
      Esa filosofía del disfrute permanente es la mejor filosofía. Un abrazo muy fuerte y un verano donde solo quepa la felicidad, lo dicho, una felicidad permanente.

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  10. Se podría pensar que tu personaje ha tomado una decisión definitiva, pero a mí me da la impresión de que solo ha sido un arrebato y que volverá a colocarse esas gafas. No en vano la filosofía es una actitud ante la vida con la que se nace, independientemente de que algunos la desarrollen a conciencia y que otros la mantengan, por muy diferentes razones, tal cual la encontraron. En cualquier caso, lo que sí parece claro es que sus reflexiones esta vez lo han llevado a una conclusión triste, aunque no exenta de de humor, siendo su efecto el de provocar una mueca de desaliento más que una sonrisa. El caso es que todo esto lo has hecho de manera espléndida, con un cincuenta lleno de joyas de todas las formas y colores (me encanta sobre todo eso de “La desalentadora sinrazón de la urbe”).
    Enhorabuena por todo ello, amigo Eduardo.
    Un fuerte abrazo.

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  11. Eduardo martín Zurita18/7/18 21:11

    Hola, Enrique, conductor de sueños sobre railes.
    Estoy contigo. La decisión de este hombre apunta a ser provisional. Todo hay que experimentarlo. Y esa realidad de orden tan desalentador hay que atemperarla, bajarle los humos, moderarla.
    Creo que todos llevamos un filósofo dentro aunque sea por temporadas o a ratos más cortos. Todos los racionales aspiramos a esa sabiduría por las últimas causas en que la filosofía dicen que consiste. Quién no ha jugado a la mayéutica socrática. Los niños, tantas veces maestros de los adultos, desde luego, con sus interminable catálogo de porqués.
    Y para darse cuenta de lo que la ciudad intoxica no hay nada mejor que plantarse en el campo campo o en un pueblo pueblo, donde los ruidos sean suaves, nada estridentes y huela rico por cualquier rincón.
    Gracias, Enrique, amigo, por tu comentario en términos tan elogiosos, una abrazo grande para ti y un feliz verano, y para esa chiquitina que todos ya llevamos en la mente y en el corazón. Bueno, felicidad siempre, por mejor decir.

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  12. Un gran relato, amigo Eduardo. Un texto impactante, audaz y reflexivo sobre la realidad de una urbe que intenta aplastar toda interrelación emocional y que atrofia nuestros sentidos con sobreestímulos. Al final, solo nos queda entrecerrar los ojos y mimetizarnos con el asfalto. Un abrazo y feliz verano, y un abrazote especial para el campeón.

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    1. Eduardo Martín Zurita19/7/18 14:06

      Gracias, Salvador, por tu comentario y por desenvolverlo en términos tan elogiosos. Es providencial tu capacidad de síntesis a la hora del comentario. Y no digamos escribiendo tus textos. La ciudad es pavorosa y, en efecto, aboca, paradójicamente, a la soledad a sus habitantes. Y ataca con estímulos exagerados, nuestra vista y nuestros óidos. He llegado a caminar con tapones de cera puestos para transitar por las grandes avenidas y me he quitado las gafas como el protagonista para eludir esos nefandos reclamos, atentados, vía visual, para el cerebro.
      Feliz verano para ti, y un abrazo muy grande, amigo. Edu te devuelve el abrazote por modo muy especial.

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  13. Irreverente inadaptado19/7/18 13:16

    Magnifico relato, aunque el protagonista terminará arrepintiéndose de haber tirado las gafas (acabo de hacerme unas y cuestan bastantes eurillos), y sin ellas terminará por caer en algún socavón o será mordido por algún coche, no parece la táctica del avestruz la mas adecuada para sobrevivir al caos ciudadano, (tampoco tengo tan claro que lo desee), en todo caso podría tomar la decisión de comprarse unas progresivas y así dependiendo por que zona mires puedes ver una u otra cosa, yo por ejemplo si miro por la zona de máxima admiración siempre te encuentro en ella.
    Un Abrazo y felíz verano

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    1. Eduardo Martín Zurita19/7/18 14:14

      Agradecerte, Irreverente (no irreverente yo) el calificativo para el texto. Eso de quitarse las "lupas" en una gran ciudad es ponerse en serio peligro de accidente. No es mala la solución de las mentes progresivas, o progresistas, ya puestos, desde luego nada de lentes regresivas. Es divertido enfocar hacia una zona u otra, si es que al final es verdad que somos como niños. Los automóviles muerden en los oídos, y no te cuento las motos, esas carracas a toda pastilla. En fin, el hombre se quitó las gafas, las arrojó a una papelera, acaso por no tratar de depositarse él por entero. Pero luego las recogerá y se las calará y asunto terminado.
      Me encantan tus puntos de vista, con o sin lentes, o anteojos, y tus textos me parecen macanudos.
      Un verano feliz y fresquito. Y un abrazo muy grande.

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  14. Enrique Angulo20/7/18 0:30

    Filosofía es amor a la sabiduría y, de entrada, habría que preguntarse si puede haber un amor mejor que ese. Lo malo es que no basta con la voluntad, con la disposición, con la honradez; además, tienen que trabajar esos circuitos internos de nuestras neuronas, sean lo que sean, los cuales están mediatizados por nuestra herencia genética y nuestra biografía, y los retos de la vida son inmensos, sólo hay que ver la cantidad de disciplinas y ciencias que hemos inventado.
    Sea como fuere, no nos queda más remedio que pensar, o pensar en cómo dejar de pensar, hacer ese silencio interior que nos permita ver con algo más de claridad en el tráfago de la gran urbe por la que se mueve el protagonista de tu microcuento, buscar refugios en ese pandemonio que amenaza con tragarnos a cada instante entre las zarpas de sus ruidos, su contaminación y su tráfico infernal.
    Desde luego, la ciudad moderna es un monstruo de mil cabezas que, como rezaba el título de aquella película basada en el libro homónimo de Cormac McCarthy, no es país para viejos.
    Así nos la va explicitando tu personaje en su periplo, esas personas con las que uno se cruza que, dadas las prisas y las exigencias de sus vidas, se muestran como auténticos extraños venidos de otros planetas, esas obras que dejan los tímpanos hechos puré, esa locura de correr de un sitio para otro para no llegar a ninguna parte, la suciedad, la indiferencia, los cientos de estímulos para que compremos esto o lo otro...
    La verdad es que dan ganas de decir aquello de otros tiempos: Que paren el mundo que me bajo. Ante la imposibilidad de convertir en realidad tal deseo, tu protagonista opta por quitarse las gafas para que esa realidad grosera se le emborrone, para poder aliviarse un poco de tantas agresiones.
    En lo que me atañe, en multitud de ocasiones me pongo tapones en los oídos –para la vista aún no necesito gafas-, pues el ruido, y este país es puntero en tal tortura, me molesta muchísimo; pero no debo de ser tan raro cuando Schopenhauer se quejaba del ruido que hacían los cocheros al restallar sus látigos –pobrecito si hubiese vivido hoy-, Kafka se quejaba del ruido que hacían sus hermanas, y Proust mandó que forraran de corcho las paredes de su casa. Aunque también hay artistas y escritores que se sienten a gusto sumidos en un mar de decibelios.
    Así que paciencia y mucha filosofía para mantener el equilibrio mental en estos ámbitos modernos.
    Un abrazo fuerte, Eduardo.

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  15. Eduardo Martín Zurita20/7/18 14:31

    Es un privilegio y un placer de los grandes poder leer un comentario tuyo a un texto, a cualquiera. Es tremenda, en el buen sentido de la palabra, la perspicacia de la que haces gala, tu descomunal cultura y tu facilidad expositiva, tanto como autor de tus microcuentos y relatos, como con tu divina hermenéutica. Es toda una suerte tenerte en esta bendita sede. Una suerte enorme.
    La ciudad es un monstruo devorador de hombres. Y no te digo nada si son viejos. Yo también utilizo tapones de cera para transitar por las zonas digamos más acústicas de la ciudad, o sea, ruidosas, y me quito las gafas muy a menudo poniendo en práctica esa suerte defensiva denominada táctica del caracol ante esa realidad desaprensiva que se nos impone como un decreto. El gran Paul Newman, el actor, nos legó una frase de lo más atinada en mi criterio: "Envejecer no es para flojos". Juan Ramón Jiménez, en su domicilio madrileño, hizo levantar una pared distante medio metro de la colindante al cuarto donde escribía. El silencio, esa suerte de museo de todas las voces es un bien preciado cada vez más escaso. El ruido enerva, desquicia, al menos en mi caso; en tanto que la música, ese idioma de los dioses, es, en mi opinión, lo más de lo más. La palabra no deja de ser limitada y equívoca, oscura y muchas veces afectada de polisemia. La música no tiene palabras en su diálogo con el alma y con el corazón. Es cierto, hay quien gusta del ruido para componer, el poeta José Hierro escribía en una cafetería de los madriles. Para gustos...
    La paciencia, la reina de las virtudes se impone para convivir en una gran urbe y la filosofía es necesaria siempre allí donde se encuentre uno.
    Gracias infinitas, amigo, por tu comentario, un abrazo bien fuerte y un deseo de que tengáis un verano fresquito y feliz. Bueno, feliz vida toda, por desear que no quede. A ver si influimos en el Astral con lo de los ruidos.

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