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La memoria del agua

Añadí un tubo de ensayo con una disolución de 0,03 del virus de la encefalitis equina a cincuenta litros de agua de manantial, después los vertí en la cuba de una cisterna que contenía quinientos litros más para conseguir la medicina homeopática que curará a todos los unicornios del mundo.
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La mascota de Hugo

Después de soplar las velas, aprovechó un descuido y se comió toda la tarta de mi cuarenta cumpleaños, la ha aplastado, ensuciando toda la mesa y parte del suelo.

El año pasado fue aún peor, tras pasarse toda la tarde ladrando, Hugo mordió en el cuello a mi última pareja.
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El penúltimo obstáculo

Mostró indiferencia mientras el hombre de la esvástica tatuada le insultaba. Había sobrevivido al fuego cruzado de la ciudad en llamas, a la sed del desierto, a la travesía por mar en la noche más oscura, para comprobar que lo más difícil de soportar era la intolerancia de los hombres.
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Manual para convertirse en Dios

Cuando los monjes dejaron de oír la campana, supieron que el hermano Kassimematto había muerto. 

A los mil días sin apenas comer les siguieron otros mil tomando té venenoso del árbol urushi. Después de enterrarlo vivo, esperarían mil días para exhumarlo y su cuerpo momificado sería adorado como a Buda.
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Mal padre

Cerró los ojos y sopló las ocho velas, deseó que nadie le robara sus caricias, ni ahogara sus sollozos. Deseó no ver en sus ojos la lascivia con la que nunca se debe mirar a una niña. Entonces decidió que no era en la tarta donde debía clavar aquel cuchillo.
Escrito por Encarna Cuesta García - Twitter

Politeísta

Mientras se ponía el burka recordó el hábito negro que utilizó cuando era monja de clausura. Siempre fue muy rigurosa con los preceptos de su nueva religión, por eso guardó el sabbath, creyó en el karma y en la reencarnación, pero ahora había decidido que su verdadero Dios es Alá.
Escrito por Encarna Cuesta García
Anónimo hasta noviembre

El destino del desertor

Desde la colina se oía el rumor del frente como si fuera una tormenta lejana. Corría rápido, pero la muerte le alcanzó haciéndole un agujero en el cráneo . Hace años conoció a un viejo nigromante que adivinó su nombre porque lo había visto en un sueño, escrito sobre una bala.
Escrito por Encarna Cuesta García

Hasta que la muerte nos separe

Desde la alféizar del décimo piso escuchaba atónita como su marido intentaba en vano salvarle la vida. Sabía que le engañaba y que era mentira todo lo que decía, pero mostrándose convencida agarró con fuerza la mano temblorosa que le ofrecía. Entonces fue como arrastrándolo a él, saltó al vacío.
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