Mostrando entradas con la etiqueta Juan Badaya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Badaya. Mostrar todas las entradas

No os fiéis de los escritores

Cuando se corrió la voz de que al coronel no había quien le escribiera, ocurrió que todos compramos sobres y papel de cartas. Así quisimos consolar al viejo militar, pero nadie encontró la dirección donde remitirlas. Todo fue un truco publicitario y tramposo de Gabriel García Márquez. Macondo no existe.
Escrito por Juan Badaya - Web

Culto a la belleza

Era un escultor tan bueno que creaba obras de un hiperrealismo colosal. Fue consciente de ello el día que tuvo que llamar a la ambulancia para que atendieran a su modelo. La pobre tenía clavado un escoplo en una cadera. "Quise hacer más esbelta su figura", explicó a los sanitarios.
Escrito por Juan Badaya - Web

Pecados cristianos

Los pasos de don Gerardo eran sigilosos. Él, un farmacéutico ejemplar, se movía por las calles cuidando al máximo esconder la sombra de un hombre que con asiduidad se acababa perdiendo en casa de doña Angelita. ¿Qué ocultaba? Nada menos que un secreto de estado, un secreto de estado civil.
Escrito por Juan Badaya - Web

Interjecciones que no falten

Tarej Bayuf estornudó con muchas ganas y todos cuantos estaban a su alrededor, cristianos viejos por lo que ve, lo acompañaron con un ¡Jesús! Pero Tarej Bayuf protestó. Si yo soy mahometano, practico el islamismo, no me suelten blasfemias. ¡Hala!, exclamaron los aludidos en un esfuerzo de empatía y comprensión.
Escrito por Juan Badaya - Web

Hombre de una doblez

Amancio dijo una vez una mentira, y para taparla tuvo que añadir otras más. Tantas llegó a decir, que siempre se sabía siempre cuál era la verdad. Ya le dijo un día el maestro en la escuela. Eres muy coherente, Amancio, que tú no tienes dos dobleces, como los demás.
Escrito por Juan Badaya - Web

Llanto anunciado

Mamá, quiero una amapola. Hijo, se caerán los pétalos al tocarlos. Fue un consejo estéril. Pedrito se coló en el trigal y regresó con un ramillete de tallos donde el rojo brillaba por su ausencia. Hijo, lo que querías eran mariposas, todas han volado. Ni con esas calmó su desencanto.
Escrito por Juan Badaya - Web

¡Ay, la familia!

Nunca olvidaré el día en que mi mujer me presentó a su madre. Me dio el visto bueno, porque dijo que me parecía a su difunto marido. Tanto que aún hoy no me llama por mi nombre. Para todos soy Juan, ¿no? Pues ella me llama Manolo. Así 30 años.
Escrito por Juan Badaya - Web

Crédulo a medias

Ayer estornudé con muchas ganas y no lo acompañé con el consabido "¡Jesús!". Me han dicho que me arriesgo a que se me escape el alma y nunca pueda recuperarla. A cuenta de eso, no duermo, que también he perdido el sueño y la tranquilidad. Lo mío es un sinvivir.
Escrito por Juan Badaya - Web