A su paso, aquella gota de color indescriptible hizo sonrojar a las mismísimas nubes, que reflejaban su poderoso brillo. Crecía implacable en su descenso hasta que, un día, chocó contra el océano, en cuya inmensidad diluyóse pronto su formidable color. Hoy nadie está seguro de que existiera siquiera tal gota.
Escrito por Álex Garaizar