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Prefigurando a Seth

—De aquellos polvos, estos lodos —díjole Eva a Adán señalando con el dedo a Caín.

—Te deseo esta noche.

Adán comenzó a aventar el aire, harto de tanta calina. No sabía por qué. La imagen mental del barro le causaba espanto. Se le encajaba un dolor atávico en el costado.
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Desmontando la tienda de campaña

—Bésame, cómeme entera.

¡Ni me lo creía! Le comí los labios, las axilas.

—Trini, qué buena estás.

Los pechos de pera, los pezones color trigo, duros como timbres de castillos, el ombliguito, el pubis que asomaba...

—¡Niño, levántate ya, que son las siete. Llegas tarde al instituto!

Mierda, mierda, mierda...
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Se va a liar parda

Me llamo Sealiah y aquí estoy, recién ascendido, después de 25 eones de Potestad. La verdad es que lo bordé cuando le agarré la mano a Abraham en el último instante. Ahora tengo que cortar el cable del teléfono rojo y anular el botón pero, ¿dónde puse las alas talares...?
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Desmemorias itálicas

Se lo llevaron las aguas, su pelo negro por las aguas adentro.

Arrancad los papiros y lotos, cegad el Nilo y sus aguas. Sal échenle al maligno por dentro. Llevadme a Hispania. Tomad cetro y laureles, llevadme a Itálica y dejadme solo.

¡Afanad el huérfano Imperio, Senado, todo es vuestro!
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Preludio para vísperas de la Nochebuena

Como preludiando el desgarro que habría de dejarle Bosie en años venideros, barruntaba el dolor horrible de trillones de átomos atravesando los míseros cuerpos humanos.

Concluyó el cuento dibujando la inánime avecilla y el corazón de plomo. Dejó la estilográfica y salió al corredor, tomando su bastón y su sombrero.
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Una chavala pa' quedarse de piedra

Me pusieron Juan por mi apellido. Que mi madre, cuando mocita, vio en un pograma a Paco Rabal y le gustó.

Vivo al lado del Guadalquivir y todas las tardes cojo mi barquilla y tiro pa’ Sevilla a disfrutar de las chavalas. Pero hay una, la Inés, me tiene loquito...
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¿De qué sirvió el libro de cabecera?

La vida es una apisonadora que todo lo arrasa: dioses, Dios, Destino, reencarnaciones, gehenas, fantasmas... Dicen que leía a Gustavo Bueno y aquí estoy en guerra, matando hombres como niños y mujeres con niños dentro. Conducimos una apisonadora con zapatos cuyos cordones cuelgan a milímetros del eje del gran rodillo.
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Y que la historia escriba nuestros pocos nombres

Sabía que el destino me llevaría al Orco con la potencia de hombre aún intacta.

En Piedras Calientes se hicieron noche los cielos y los mares se hicieron bosques de hombres fieros. Yo y los míos, en Piedras Calientes, defendimos la libertad hasta resultar todos muertos, como temían los éforos.
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