Al atardecer
Azim lloraba. Picado varias veces por las avispas, parecía un Ecce homo. Le veía corretear, como si las carreras aplacaran su dolor.
Al atardecer llegaron los aviones, dispuestos como avispas a acribillarnos. Padre no llegó aquella noche, tampoco las que siguieron. Frente al fogón nos acurrucábamos: mamá, Azim, y yo.
Al atardecer llegaron los aviones, dispuestos como avispas a acribillarnos. Padre no llegó aquella noche, tampoco las que siguieron. Frente al fogón nos acurrucábamos: mamá, Azim, y yo.