Doble o nada

Quería ganar todo lo que apostaba, iba de casino en casino, jugando en todas las ruletas, su número de la suerte 6 y rojo nunca le abandonaba.

Sucedió que una noche se tropezó con el rival de su vida, la mirada de ella, y fue su doble o nada. Perdió.
Escrito por Leire Frex

La fuente maldita

El verano agoniza dando los últimos coletazos y el alba conserva los rescoldos de una tórrida noche. Ella zarandea las sábanas, como queriendo ahuyentar al dragón dormido que aún reposa en sus sueños. Jorge entra en la habitación y la calma con ternura.

—¡Buenos días, princesa! ¿De nuevo las pesadillas?
Escrito por Macarena Fernández - Web

Evidencia

Como ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer, el Australopithecus le propuso a Dios que se hicieran la prueba de ADN, para dilucidar su disputa sobre la paternidad del hombre. Dios se negó: no necesitaba probar nada. Él conserva un certificado de nacimiento, expedido por la fe.
Escrito por Beto Monte Ros - Twitter

Escapar de aquí

—¡He encontrado el modo de escapar de aquí!
—¿Qué? No lo creo.
—Es sencillísimo.
—¿Sí?
—Ni lo imaginas. Lo hemos tenido siempre delante de nuestras narices.
—Estoy harto de vivir en este sitio. A ver, dime cómo salir.
—Fácil. Toma. Cómete esto.
—¿Una simple manzana? Eva, ¿te estás quedando conmigo?
Escrito por Plácido Romero - Twitter

El final del verano

Con la nariz pegada a la ventanilla del coche mientras se alejaban, notó cómo empezaba a vaciársele el corazón. Atrás quedaban el espigón y la playa, la casa de los abuelos, y la de Lucas y Marina. Atrás quedaba el kiosko de Juan y atrás, el muelle de los cangrejos.
Escrito por Aurora Baeza

Atadura

Le costaba arrancar el motor para iniciar la rutinaria jornada. El largo y placentero sueño parecía no haber sido suficiente para recargar las ya oxidadas pilas. Para su desgracia ella no estaba, había olvidado del todo que ahora debía emprender solo el futuro, toda su vida había sido su batería.
Escrito por Antonio Ortuño Casas - Web

Amor secreto

Desde mi asiento veo miles de rostros pero todos se reducen al tuyo.

Hacía tiempo que no veía tu reflejo en el cristal, obligando a mi mirada a perderse en el infinito. Es así como puedo espiarte en secreto, mientras apartas, pensativo, un mechón de pelo que cruza tu rostro.
Escrito por Maribel N.

Cosmopolita

Tomé el metro como todas las mañanas, en Hostafranchs.

Próxima estación: Waterloo —se oyó por los altavoces—. Me dirigí a la salida Eiffel observando el cartel de un teatro de Broadway.

Ya en la calle, no me importaba tomar cualquier dirección puesto que todos los caminos me llevarían a Roma.
Escrito por Josep Sebastián - Web